Presentación del libro《Pequeñas rutas de un azacuán con frío》

Vuelo, búsqueda y destino en el canto de un azacuán

Los habitantes de las ciudades le hablan mucho al cielo, pero lo ven poco. Aquellos que hacen lo contrario, delatan de inmediato la distancia que arrastran detrás. Son forasteros o son místicos perdidos.

De esos que ven al cielo y no le hablan, sino se limitan a observar y a escuchar con atención lo que va descifrando su voz interna frente a ese silencio infinito, lleno de rutas, de viajeros de corto y largo aliento, de la prisa de las nubes, de azules diversos y de grises, de aguas que se aproximan como susurrando o las que parece que vinieran rodando con sus golpes de luz efímera y con estruendo, de la acrobacia del sol antes de sumergirse de nuevo en el horizonte, del ojo de la noche que se va abriendo y se va cerrando con la lentitud perezosa de algunos animales que no logran conciliar el sueño. Y así confirman cómo, en ese otro cuerpo de agua, ciertos rasgos de la vida terrestre parecen reflejarse levemente transformados. O viceversa. Ese es el caso de los azacuanes, aves que emigran de ida y de vuelta en bandadas. Se van de su territorio cuando llega el frío, cruzan medio continente, y en su trayecto van marcando el tránsito de las lluvias. Son migrantes que emprenden camino en nombre de la supervivencia, pero que nunca pierden el deseo de volver a casa.

“Pequeñas rutas de un azacuán con frío” podría ser la historia de una de estas aves en busca de un espacio cálido en donde pasar el mal tiempo y el exilio, de no ser porque es una sucesión de imágenes hermosas eslabonadas en un poema, que, quizá, por estar en voz del mismo azacuán, resulte más exacto decir que se trata de un canto. Un canto acerca del viaje, de las flores, las nubes, las hojas, la noche, las estrellas, las ausencias, el pueblo con sus alegrías y sus tristezas, y la calidez de un pecho en donde hacer nido. Un canto sobre nosotros mismos.

Leyéndolo, pensé en el poeta Humberto Ak’ab’al, no solo porque su palabra inaugura el libro con un epígrafe sobre el viaje interno de los pájaros que somos, sino por la sencillez y la claridad que tiene José Aguilar para hablar del pueblo y del campo. Pensé, también, en Mario Payeras, quizá por la fluidez y el amor con que José encuentra la ruta entre la naturaleza y los actos de la gente. Pensé en Luis Alfredo Arango, por el encanto y la ternura con que José dice, pero también pinta. Pensé en Luis de Lión, quizá porque José también es maestro, y por la sencillez y la belleza con que arma sus metáforas, imágenes parecidas a las que salen del asombro de aquellos que empiezan a descubrir el mundo e intentan explicarlo con lo que tienen a mano, como lo hicieron los primeros filósofos, como lo hacen los niños, como lo hacen los poetas.

Ojalá que este breve vuelo del azacuán encuentre, en su ruta, ojos dispuestos y corazones abiertos para recibir la visita de la ternura, ave huidíza que a veces surca nuestros inviernos personales.

Vania Vargas

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