Marta Elena Casaús: Yo defiendo el derecho a disentir

Fuente: plazapublica.com.gt

Texto: Ricardo Marroquín
Edición: Enrique Naveda

Las élites tradicionales perdieron legitimidad y los empresarios emergentes deben asumir su rol histórico. Esa es una de las conclusiones de Marta Elena Casaús Arzú, pionera en el estudio de élites, en esta entrevista con Plaza Pública: «Se la tienen que jugar», afirma. Le sorprende, afirma, que las redes familiares todavía sean determinantes para establecer relaciones y negocios. Se confiesa pesimista, pero tiene esperanza en la transformación del país con la participación de mujeres, pueblos indígenas y movimientos sociales.

Usted es una pionera en el estudio de las élites centroamericanas, pero en Guatemala se las investiga poco. ¿A qué se debe?

Se debe a varios factores. En primer lugar, a que son enormemente inaccesibles. Es difícil que alguien obtenga ese tipo de información. En Guatemala las élites son muy cerradas, muy endogámicas y no permiten el acceso a nadie que no pertenezca a ellas. Yo formaba parte de esas redes familiares y por eso pude entrevistarlos; si no, hubiera sido imposible. Muchas veces no somos conscientes del papel tan determinante que juegan las élites en la estructura de poder y, sobre todo, que son un grupo de larga duración que impone las reglas del juego, no solo en lo económico, también en lo político, social y cultural. Por eso convendría acercarse a los sectores más modernizantes de esas élites para empezar a hacer un trabajo conjunto, especialmente a aquellos empresarios que Alejandra Colom define como disidentes, en su magnífico estudio sobre Disciplina y disidencia.

Marta Elena Casaús Arzú, durante una entrevista al medio, en febrero 2017, enseña una copia de su obra más reconocida, Guatemala: linaje y racismo.

¿Cuáles son las mayores dificultades para estudiarlas en Guatemala en comparación con otros países?

Las mayores dificultades son su endogamia y su inaccesibilidad y sobre todo su profundo racismo y desconocimiento de los pueblos indígenas y de sus valores. Además de su poco deseo de cambiar y dialogar abiertamente con otros sectores. Siempre que hablamos de élites de poder o de iniciativa privada parece que estamos hablando del Cacif y de cierto sector muy recalcitrante, pero la iniciativa privada y el empresariado es muy amplio y hay muchos que no piensan como ellos. Solo que tienen miedo de expresarse y de decir lo que piensan. Como bien dice Alejandra Colom, «se sienten amenazados y amedrentados». Yo diría que ese es el gran reto de nuestro país: buscar y dialogar con aquellos empresarios que yo en su día llamé modernizantes. Hay muchos que quieren relacionarse con la sociedad civil de formas distintas a la imposición, el miedo o la amenaza, y que quieren buscar nuevas alianzas y nuevas formas de entender las relaciones entre capital, trabajo y política. No me cabe duda, después de leer el trabajo de Alejandra, que hay muchos empresarios que están buscando nuevos pactos y alianzas para mejorar la situación política, económica y sobre todo social de nuestro país.

¿Por qué usted convirtió a las élites en uno de sus principales temas de interés?

Yo no investigué a las élites porque me interesaba su estudio. Yo quería estudiar el racismo en la clase dominante. Cuando pensé cuál iba a ser mi muestra y a quién pasaría las entrevistas, me di cuenta que el concepto de clase dominante no era válido, porque carecía de concreción. En la medida que establecí un parámetro para determinar mi muestra, bajé del concepto de oligarquía, clase, al de élite y red familiar. Al tener que estudiar las redes familiares desde el siglo XVI hasta el siglo XX descubrí que era más importante la metodología de las redes familiares y de la estructura de poder, que el objeto de estudio del racismo. Las redes familiares solo fueron una metodología para poder pasar una encuesta sobre qué pensaban de los pueblos indígenas. De modo que la metodología de redes familiares pasa de ser una herramienta a un marco teórico cuando haces el descubrimiento de cómo operan y cuáles son sus estructuras y mecanismos.

Tardé diez años en hacer un marco teórico de las redes familiares. Muchas de ellas se sintieron atacadas en mi trabajo, pero mi objetivo era entender el racismo y la estructura de poder de mi país.

La familia Arzúœ observa, adolorada, las ceremonias de homenaje frente al Palacio Nacional durante los funerales de Estado del ex Presidente de la Repœblica y alcalde capitalino, çlvaro Arzœú, el 28 de abril 2018. Simone Dalmasso

Al inicio solo tenía claro a quién podía entrevistar porque reunían los requisitos para ser considerados como clase dominante o núcleo oligárquico. A partir de ahí me interesé mucho porque me di cuenta de que los mecanismos de apropiación y del control del poder económico, político y social estaban vinculados a la pertenencia de esas redes que se consideraban blancas o criollas y que cumplían unas reglas de oro para perpetuarse en el poder: casar bien, ir a los mismos colegios, tener un intelectual orgánico al cual referirse y que se convierte en la persona que da legitimidad a la familia, diversificar la producción, copar las instituciones del Estado. Son reglas que se cumplen cada siglo y por ello las llamé las reglas de oro de las redes familiares como estructuras de poder.

Estos mecanismos de control, apropiación y, sobre todo, de pervivencia desde el siglo XVI, fueron lo que constituyó un elemento novedoso, sugerente, anómalo y singular de América Central, pero especialmente de Guatemala. La existencia de las redes familiares es un elemento común en todas las sociedades, el problema es cómo perduran en la región hasta la actualidad.

¿Y cómo ve a las élites, no solo a las tradicionales, en el año del Bicentenario?

Lo sorprendente para el caso de Guatemala es que las élites tradicionales tengan tanto peso y tanta audiencia en el país en el que existen muchos grupos de empresarios modernizantes que no piensan como ellas y que tienen otro modelo de economía y de relacionamiento entre el Estado y la sociedad civil. Yo creo que (a la luz de cómo marcha la economía mundial y del fracaso del modelo neoliberal y de la nueva política de Joe Biden) esas redes familiares deberían aprovechar la oportunidad para cambiar de discurso y de forma de hacer negocios y de relacionarse con el Estado y sobre todo con la sociedad civil, buscando nuevos pactos y alianzas que les aseguren mayor perdurabilidad y, sobre todo, respetando el estado de derecho. Creo que los empresarios modernizantes tienen una oportunidad histórica que no deberían de desaprovechar.

¿En qué fundamenta esta afirmación?

Vilfredo Pareto, un autor nada sospechoso de ser de izquierda, decía que las élites tradicionales que solo emplean la coacción, la sobreexplotación y la represión (lo que él llama los leones) no se pueden mantener por mucho tiempo en el poder si no cuentan con los zorros, otras élites más acordes con las tendencias modernas que les ayuden a aggiornarse y a cambiar su modus operandi. Sobre todo, sus relaciones con el resto de clases activas. Según Pareto, si utilizan solo la fuerza y la coacción y cooptación de las instituciones para su propio beneficio, se desgastan de tal manera que dejan de ser funcionales, ni siquiera lo son para sí mismas y pierden legitimidad. Dejan de servir para el sistema y para reproducirse como élites. La clave está en buscar nuevas alianzas con empresarios jóvenes y otros sectores productivos de la sociedad civil, especialmente pueblos indígenas, mujeres emprendedoras y empresarios modernizantes que, en términos de Pareto, son los que proporcionan nuevas formas de reproducción social y económica. De lo contrario están abocados a desaparecer como élites de poder o a reciclarse.

Hay algunas familias y élites tradicionales que ya lo están haciendo con gran éxito y hay muchos empresarios disidentes que llevan luchando en silencio para cambiar ese modelo arcaico y obsoleto. El problema radica en que no están organizados, como dice Alejandra Colom, y tienen temor de hacer oír su voz disidente, frente al empresariado tradicional, como si la única voz de la iniciativa privada fuera el Cacif. Afortunadamente no es así, pero así lo parece. Ese es el problema.

Miembros del CACIF caminan por la sexta avenida del centro capitalino en una foto de archivo sacad del sitio www.cacif.org.gt/nuestra-historia/. Simone Dalmasso

Yo creo que esas élites han perdido la capacidad de control y de legitimidad que tenían las familias más tradicionales. Es cierto que siguen controlando el poder económico, pero ya no tienen credibilidad política y por eso recurren a la fuerza, la coacción y la cooptación de las instituciones del Estado, como lo hemos visto en el caso de la Corte de Constitucionalidad y del Tribunal Supremo Electoral. Además, últimamente hemos visto a varios de sus integrantes vinculados en escándalos de corrupción y blanqueo de dinero.

Yo considero que estas élites tradicionales ya no tienen capacidad de convicción ni argumentación, carecen de intelectuales orgánicos que les permitan generar un discurso y una narrativa coherente y movilizadora y deberían abrirse y establecer nuevos pactos con la sociedad civil y con sectores nuevos, como hicieron muy bien sus antepasados en momentos de crisis económica y política: supieron buscar nuevas alianzas en el pasado como los Díaz Durán, los Aycinena, los Delgado de Nájera… De hecho, hay nuevas redes que han hecho ese proceso de modificación y de inserción en la globalización: los Botrán, los Gutiérrez y otras muchas familias y empresarios han dado el salto a la globalización y a otro modelo económico.

Además de tener acceso porque formaba parte del grupo, ¿qué ventajas y qué desventajas tuvo para usted pertenecer a esas propias élites y tener que referirse, por ejemplo, a su familia?

Yo tenía una ventaja porque formaba parte de ese grupo. Tenía un acceso que no hubiera tenido ningún otro investigador que no perteneciera a esas familias. Esas fueron las cosas favorables. Mucha gente me pregunta por las desventajas pensando que me han discriminado o atacado públicamente. Nunca me he sentido discriminada, algunas veces me han increpado por mis trabajos, pero yo creo que el problema es que no los han leído: solo los conocen de oídas y no se dan cuenta de que lo que yo intento mostrar es que existen unos mecanismos de reproducción del poder económico y político que ya no tienen vigencia en la actualidad. Bueno, también hemos demostrado ya, en otra investigación durante la presidencia de Óscar Berger, que el racismo es una de las principales lacras de nuestra sociedad y que la discriminación étnico-racial les cuesta cara como empresarios. Además de ser una lacra social, es improductiva y afecta al tejido social y económico del país. Es como la esclavitud en el siglo XIX: dejó de ser productiva y rentable y hubo que abolirla. Pues de la misma forma el racismo afecta no solamente a los pueblos indígenas que lo padecen sino también al crecimiento productivo de todo el país, y sobre todo de los sectores más vulnerables, mujeres, niños, pueblos indígenas. Allí tienen todos ellos una gran responsabilidad social.

Un grupo de sostenedores del presidente Jimmy Morales manifiesta a favor del gobierno, el d’a en que en el Congreso se debati— el antejuicio en contra del mandatario, en septiembre 2017. Simone Dalmasso

En Guatemala, linaje y racismo, usted sostiene que el poder de las élites en el país tiene su génesis en la colonia. Una investigación de Plaza Pública concluyó que el sector empresarial tiene presencia en al menos 58 instituciones del Estado. ¿Esto implica que es una élite exitosa para acaparar y ejercer el poder, o es un formalismo que ya ha perdido relevancia y refleja una luz antigua?

Todavía tienen una gran capacidad para acaparar poder económico. Son empresarios exitosos, pero en un terreno muy local y no trasnacional. Son escasas las redes o empresas familiares que se han globalizado. Y aquellas que lo han hecho tienen una visión más moderna y abierta. No se han insertado en ese proceso y es una deficiencia muy grande. Se han incrustado en el capitalismo extractivista, que es el que generará mayores problemas: el de la minería, la palma africana, las hidroeléctricas, el del expolio del capital cultural maya, etcétera. En lugar de incursionar en otros sectores más modernizantes, como el de medio ambiente o el de las energías renovables. Pero, aunque tengan un control de los aparatos institucionales, lo que ya no tienen es una estrategia de futuro. Ya nadie puede gobernar solo. Además, por el desarrollo de los movimientos sociales, principalmente el de pueblos indígenas y mujeres, o cuentas con ellos o quedan fuera de la historia. Son las grandes tendencias por las que se desarrollará la humanidad. Tengo la esperanza de que esto sea un camino sin retorno.

¿No le afectó en sus relaciones con el grupo?

Yo soy la oveja negra de la familia, pero a mí me favoreció vivir fuera de Guatemala en sociedades más abiertas y democráticas. Yo no estoy tan presionada como otras personas que viven en Guatemala, que se encuentran bajo el control de las élites tradicionales y por el qué dirán de su familia y sus amigos. Además, tuve una madre que era una mujer libre y que no le importaba ser discriminada o amenazada, al revés, me parece que presumía por tener una hija disidente. Para mí fue importante tener una madre muy comprensiva a la que le gustaba que yo fuera así. Haber vivido afuera también fue relevante, porque la familia no fue nunca un elemento de control en mi vida ni en la de mis hijas. Quizá si hubiera vivido en Guatemala y hubiera tenido que educar a mis hijas allí, hubiera tenido que soportar ese tipo de entorno. Marta Elena Casaús Arzú durante una entrevista al medio en febrero 2017.

Alejandra Colom, autora de Disidencia y Disciplina, aclara que también tuvo acceso a las personas entrevistadas, porque las conocía personal y profesionalmente. ¿Es habitual que para estudiar a las élites sea necesario contar previamente con una relación personal, o nos está diciendo algo de la estructura de información y de poder de Guatemala?

No solo es necesario, es indispensable. De otra manera sería imposible. Por eso las personas que tenemos acceso por nuestro origen de clase o por conocimiento, amistad o relacionamiento de negocios, hacemos investigaciones que son únicas. Otras personas que quisieran hacerlo no podrían. No solo es la oportunidad de poder hacerlo, sino también poder escribirlo y tratar de incidir en aquellos sectores más abiertos de las élites para intentar buscar soluciones de consenso. Tal vez es una ilusión y nunca lo consigamos, pero hay que intentarlo, sobre todo si uno tiene la posibilidad de sentarse a dialogar con ellos y con otras fuerzas sociales y políticas del país. Para mí siempre fue más importante descubrir los mecanismos por los que operaba el racismo en contra de los pueblos indígenas que entender la estructura del poder de las élites, pero ambas realidades se mostraron conjuntamente en la investigación y nos proporcionaron datos nuevos para entender los mecanismos del poder.

¿Cuáles son los principales aportes que identifica en la investigación Disidencia y Disciplina?

Este trabajo es excepcional y por eso felicito a Plaza Pública y a Alejandra Colom, por el valor, la pertinencia y la novedad del estudio. Al inicio me chocó que la autora hubiera escogido el término disidencia, pero luego me di cuenta de que es correcto. No se puede hablar de «rebeldía» o «enfrentamiento», porque no tienen capacidad ni el valor suficiente para enfrentarse. Por eso «disidencia» me parece la palabra más correcta. Supongo que son élites mucho más jóvenes con un pensamiento más moderno que no tienen planteamientos tradicionales y caducos en el momento actual. Eso es un logro muy importante, haberlos descubierto y sacado a la luz pública.

Es sorprendente que en el siglo XXI la familia siga siendo un elemento para seleccionar amistades y determinante para definir quiénes son ellos y quiénes son los otros, y los otros son todos aquellos que no piensan como ellos y eso marca la inclusión o exclusión del grupo. Yo creía que eso ya no pasaba en ningún país. Incluso pensé que ya no pasaba en Guatemala.

Otro de los aportes que nos revela el estudio de Alejandra Colom es la búsqueda de alianzas para aparentar que eres parte de esas familias, aunque no lo seas. Por otra parte, me impresionó la búsqueda de lealtad a cambio de silencio. Es relevante cómo hay amenazas si te expresas como tal y eres tachado de comunista, chairo o traidor. Esa búsqueda de la lealtad a cambio de silencio y esa permanente amenaza de que puedes perder tus contactos, clientes, trabajo y negocios si no te comportas como las élites consideran es un factor de amedrentamiento. Eso fue lo que pasó con Crónica en la década de 1990 y con muchos otros diarios o periodistas, pero a pesar de las amenazas continúan escribiendo y denunciando casos de corrupción. Mariachis acompañaron la manifestación de opositores a la CICIG frente a las instalaciones de la institución, en agosto 2018.

Es revelador que sigan pensando en el vínculo de la sangre y la utilización de las familias como mecanismo de prestigio o desprestigio. Acá uno se da cuenta de que hay mucho por avanzar y cuestionar. Le voy a contar un caso personal que me pasó hace poco y me sorprendió profundamente. Yo como ciudadana de mi país firmo algunas cartas que denuncian aquellos temas sociales y políticos que me parece que violan el estado de derecho y favorecen la corrupción y la impunidad. Generalmente recibo ataques en campos pagados de diferentes fundaciones amenazándome o increpándome, cosa que me parece normal en una democracia, dado que cada uno tiene el derecho a disentir. Lo que resulta totalmente anormal y amenazante es que sean los directivos de tu propia empresa los que manden al resto de la junta directiva y de los accionistas dicha carta. Y yo me pregunto: ¿eso es una amenaza, una intimidación o quieren decirles al resto de los accionistas que eres una mala ciudadana y no te comportas como se espera que lo hagas? ¿No será que son ellos los que no están respetando las reglas de la democracia y del estado de derecho? Yo defiendo el derecho a disentir y creo que todos deberíamos defenderlo a pesar de las presiones sociales.

Otro logro importante del estudio es la utilización de las redes sociales, como Facebook y WhatsApp, como mecanismos de desprestigio y descalificación de aquellos que no se comportan como la red familiar y que las élites de poder consideran que es políticamente incorrecto. Vemos que estos grupos todavía plantean lo qué está bien y lo que no lo está y cualquier cosa que no vaya en esa línea es definido como comunismo, terrorismo, chavismo o traición. Estos ataques en redes sociales son intimidantes y peligrosos, porque cuando están metidos en un círculo muy estrecho hay consecuencias familiares. No solo afecta a la persona, sino también a los hijos, y los defensores de derechos humanos y otros disidentes que denuncian situaciones de corrupción lo pagan con sus vidas.

¿Qué rasgos de la élite le llaman más la atención en el estudio Disidencia y Disciplina?

Alejandra Colom descubrió algo que otros ya habíamos visto pero que no sabíamos cómo abordarlo, y lo hace de manera magistral. Describe que hay empresarios nuevos que están luchando porque las cosas cambien y sean diferentes. Se dieron cuenta de que el capitalismo extractivista ya no es posible, que la forma en que la élite tradicional está argumentando el desarrollo económico del país es errónea. Es muy interesante descubrir a este grupo de disidentes, un sector de empresarios modernizantes a los que les gustaría que Guatemala fuera un país más moderno y competitivo y sobre todo con mayor responsabilidad social empresarial. El rasgo más importante de esta investigación está en focalizar a esos disidentes que se atreven a exponer sus ideas a pesar de sus condiciones y del acoso en las redes sociales, en los negocios, en su trabajo. Junta Directiva de CIG, 1997-1999. Sentados: José Manuel Tojín, Felipe Bosch, Jaime Botrán (presidente), Mario Montano (vicepresidente), Mauricio Zachrisson, Carlos Arias. De pie: Jacobo Tefel, Sergio Sosa, Edgar Masselli, Jaime Arimany, Federico Zimeri, Luís Pedro Toledo. Fuente: AGEXPORT, 25 Años, Asociación guatemalteca de exportadores, 1982-2007.

Colom explora el concepto de maraña para entender la red de relaciones familiares, de negocios y de amistad que parecen gobernar las vidas de los miembros de la élite tradicional: les permite ser, pero también las controla. ¿Cómo entiende usted el funcionamiento de esta «maraña» y cómo deberían relacionarse los disidentes con ella?

No tienen que abandonar la maraña ni enemistarse con ella, tienen que crear sus propias redes. Esa maraña está agotada, está en decadencia. Las élites tradicionales que se queden enmarañadas entre ellas mismas. Hay que contribuir a buscar una salida entre todos. Aquellos que se apunten al cambio de modelo y que piensen que es una mejor opción para ellos y para el conjunto del país serán los que formen una nueva mayoría de empresarios modernizantes. Los que no, porque no tienen visión ni estrategia de futuro, porque solo se leen a sí mismos a través de las redes, pero no leen, ni estudian ni investigan, que se queden en su viejo mundo caduco.

Por eso los disidentes deben formar sus propias redes, ampliar sus bases y buscar otros espacios de comunicación e interacción que no son las élites tradicionales. Y a ellas no les queda otra que cambiar o dejar de existir como élite de poder. Ya lo decía Pareto: o reciclarse o desaparecer. Ya no tienen otros mecanismos de control que no sea el miedo, el amedrentamiento, la cooptación de los aparatos del estado. A la larga eso no funciona. Estoy segura de que muchas redes familiares se darán cuenta que ya no pueden seguir en esa vía. Algunas están abiertas al cambio, porque ya se dieron cuenta de que el mundo no es tan pequeño como lo veían y que Guatemala no es el centro del mundo.

¿Es posible la disidencia dentro de las élites? ¿Sirve de algo?

Sirve muchísimo y yo hago un llamado a todos esos empresarios, otros colectivos de ciudadanos y ciudadanas, pueblos indígenas, que también son parte productiva del país, para que busquen pactos y alianzas con otros sectores de la población porque, sin duda, están en el camino de la modernidad. Los nuevos empresarios deberían atreverse a ser más firmes con sus planteamientos. Llegará un momento en que esas élites tradicionales se darán cuenta de que no pueden seguir ejerciendo el poder de esa manera, y que no pueden seguir despreciando a las clases medias y sectores populares.

Yo creo que no se dan cuenta de que están caminando hacia un sendero sin retorno del que ellos mismos y el país no podrá salir ni despegar como otros países con similares características. Llegará un momento en que ya no les dará resultado tratar de controlar todas las instituciones como la Corte de Constitucionalidad, la Corte Suprema de Justicia o el Tribunal Supremo Electoral. Se darán un buen susto, pero será muy tarde. Estos disidentes son los que deben aprovechar la oportunidad para tener un espacio más importante en la política y la economía de su país. Autoridades ancestrales maya ixiles desfilan con el resto de la ciudadanía durante el día de huelga nacional en contra de la corrupción y el gobierno de Jimmy Morales, el 20 de septiembre 2017.

Los disidentes deberán contar con los pueblos indígenas, mujeres y otros sectores subalternos a los que las élites han explotado, discriminado y despreciado. La vía de las élites conservadoras está agotada. Seguro yo no lo veré, pero los más jóvenes sí. Tengo una gran esperanza de que estos sectores disidentes cada vez tomen más espacio, se fortalezcan y sean los que permitan un reciclaje de la clase dominante tradicional.

Hay que contar con que estos empresarios modernizantes son el futuro y esperanza de Guatemala, porque no tienen ningún problema para establecer alianzas con otros sectores. Además, serán los que se sumen a la nueva alternativa económica que plantea la administración Biden-Harris.

Una de las conclusiones del estudio Disidencia y Disciplina es que existe algún interés de ciertos integrantes de las élites por modificar la manera tradicional de hacer negocios y de relacionarse con el Estado, pero no hay un norte político ni posibilidad de organización. ¿Qué posibilidades de permanencia tienen las élites de Guatemala de mantenerse tal cual sin permitir estas voces de cambio? ¿De dónde debe venir el cambio?

Estamos en un momento crítico mundial después de la pandemia, ya Bill Gates lo anunció tiempo atrás: estamos en una etapa de cambios profundos en nuestro modo de pensar, vivir y enfocar la economía después de la pandemia. Se ha demostrado que el neoliberalismo y el comunismo no son la solución. Ya murieron también como ideologías y sistemas económicos.

Aunque los disidentes no estén organizados, la propia dinámica de la sociedad y la emergencia de otros grupos de lucha por los derechos humanos y los movimientos sociales alternativos pueden dar y darán nuevas alternativas. La renovación de toda la estructura económica, política y social está vinculada a la lucha por la defensa del medio ambiente, el feminismo, la soberanía territorial de los pueblos indígenas, el reconocimiento de la diversidad sexual, la lucha contra el racismo y la impunidad. Estas dinámicas movilizadoras permitirán nuevas alianzas. Hay que pensar en un modelo de capitalismo con rostro humano. Gates y otros empresarios norteamericanos están abriendo una brecha en esa dirección y yo creo que las élites tradicionales deben sumarse a estas iniciativas globales. Los últimos libros de Piketty y de Acemoglou así lo indican y sobre todo la Unión Europea y la administración norteamericana apuntan hacia esos derroteros. Entonces, ¿por qué navegar contracorriente? Una mujer indígena enseña un cartel de protesta que responsabiliza al sector empresarial del país por el desvío de ríos, durante la marcha del agua de 2016.

El capitalismo extractivista tiene sus días contados porque no respeta el medio ambiente y no lucha contra las desigualdades y la pobreza. Y pretende seguir gobernando al margen de las instituciones democráticas y uniéndose a sectores muy depredadores como el narcotráfico, los movimientos religiosos conservadores y los partidos filofascistas, que aspiran a mantener una sociedad cerrada, endogámica y autoritaria que solo nos puede retornar a sistemas neopopulistas como la administración de Trump. Esa no es una solución: es tratar de ir para atrás a contracorriente. Estamos entre ese intento de retornar al pasado, que es muy retrógrado e inútil en esta coyuntura de cambio, o el de ir al futuro a través del respeto de los derechos humanos y de la lucha por la igualdad y en contra de la impunidad.

Tengo la impresión, y eso que soy muy pesimista, de que esos nuevos movimientos sociales, pueblos indígenas, mujeres estudiantes, esas nuevas ideologías y discursos relacionados con la equidad, la justicia y la exigencia de que se cumplan con los derechos más elementales, como el derecho a la vida y al trabajo y también el respeto al derecho a la diferencia de etnia, género y diversidad sexual, serán las corrientes que se impondrán en todo el mundo y eso es algo inevitable e irreversible.

¿Sí hay esperanza entonces en los disidentes?

Lo que me preocupa es la miopía de estas élites tradicionales y que no se den cuenta de que ya no tienen espacio ni cabida en esta nueva coyuntura internacional si no hacen los cambios y las alianzas necesarias. También me preocupa que estos empresarios disidentes no se den cuenta de que su momento ha llegado y se la tienen que jugar. Son los que tienen que tomar las riendas y presentar un nuevo proyecto acorde con las nuevas tendencias mundiales de la globalización. Aunque estén desorganizados poco a poco irán encontrando espacios y ventanas de expresión de su posición y de sus propuestas. Cada vez somos más los que pensamos de esa forma. La historia les dará la razón. Además, tienen una ventaja y es el contexto histórico político.

No creo que la Embajada de Estados Unidos determine la vida de Guatemala, pero sí la condiciona. Por eso una política como la de Joe Biden y Kamala Harris y su equipo, favorecerá a esta disidencia. Es significativo que por primera vez en Estados Unidos una mujer de origen afroamericano e hindú sea vicepresidenta y que el presidente Joe Biden haya mencionado que existe un racismo sistémico y que es necesario hacer un cambio de modelo económico neoliberal. Confío en que estos cambios marquen una tendencia mundial. La vicepresidenta de Estados Unidos, Kamala Harris, durante la charla virtual del 26 de abril con el mandatario guatemalteco Alejandro Giammattei.

Yo creo que la administración Biden-Harris protegerá o apoyará a estos sectores más progresistas. Ellos tendrán que tener la confianza de que su momento histórico ha llegado y que se la tienen que jugar. Desde mi posición de disidente me gustaría hacer una llamada para intentarlo. Hay muchos sectores dispuestos a apoyarles y a establecer alianzas con ellos para lograr un nuevo proyecto de país, más equitativo, más justo, más tolerante, en el que todos los ciudadanos tengamos el derecho a disentir, pero también a una vida mejor.

En Disidencia y Disciplina se describe cómo las élites utilizaron amenazas, chismes y mensajes a través de redes sociales e, incluso, agresión económica que trajo pérdidas de negocios y clientes a las voces disidentes. ¿Qué opina de estos mecanismos de control y sanción?

En una sociedad cerrada como la nuestra, esas amenazas son brutales. Es terrible el uso del chiste, la burla, la desinformación para descalificar, la utilización permanente del miedo para controlar, la amenaza de perder contactos, negocios o trabajos. Pero esa forma de proceder tiene sus días contados. Pueden amenazar una, dos o diez veces, pero ya no les funcionará. Por fortuna en nuestros países el futuro ya no está en las élites tradicionales sino en la capacidad de la ciudadanía de dar una respuesta, como en 2015 y las movilizaciones contra la corrupción. Para un país como Guatemala tener en la cárcel a expresidentes, exministros, rectores y fugados a algunos empresarios y magistrados corruptos o recientemente sancionados por la administración Biden por su involucramiento en la corrupción, supone un cambio radical. Hay un camino sin retorno por más amenazas o asesinatos de líderes sociales y defensores de derechos humanos que sigan produciendo y es el del respeto al estado de derecho y a los derechos humanos y de los pueblos indígenas.

Lo que toca ahora es identificar los elementos que nos unifican en nuestros derechos comunes y diferenciados. Antes nos unían las necesidades como salud y educación, que no están resueltas en Guatemala, pero también debemos reconocer nuestro derecho a la diferencia, como las identidades étnicas de género y culturales. Otro gran problema es que tenemos muchos jóvenes calificados que están sin trabajo y que no tienen futuro y se ven obligados a migrar. Marta Elena Casaús Arzú durante una entrevista al medio en febrero 2017.

Debemos de aprovechar estos espacios para construir diálogo sobre la Guatemala que queremos y con quiénes queremos establecer alianzas. La voluntad de la ciudadanía es que haya un cambio. El reto es cómo y con quién establecer un nuevo contrato social para impulsarlo. Desde hace casi una década hay una reactivación de la sociedad civil y es ahí donde podemos establecer nuevos pactos con otros sectores. Las élites tradicionales deben unirse a este gran pacto de nación desde el respeto y el diálogo, especialmente con los pueblos indígenas, y no desde una perspectiva de control. Las alianzas deben ser amplias, de lo contrario el antagonismo será mucho más fuerte y la polarización social mayor. Es un momento histórico político nuevo, con la posibilidad de desarrollar proyecto común en el que haya representación y reconocimiento amplio de nuestra diversidad étnica, de género, cultural y de clase como un valor y una riqueza de nuestra sociedad.

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