A la memoria de Ricardo Cajas Mejía: maya k’iche’ de Quetzaltenango

Por: Rigoberto Quemé Chay

Plaza Pública

Foto del archivo personal del columnista
Plaza Pública

En la actualidad se derriban monumentos erigidos por el sistema dominante para consolidar imaginarios sociales que, anidados en la población, sirven de excusa y de causa a la dominación del sistema colonial. No importa si los ensalzados con monumentos fueron personajes de dudosa reputación, asesinos o traidores. Son los que sostienen el sistema de dominación y de explotación.

Al reescribir la historia, los mitos van cayendo física y conceptualmente. Y es el momento de crear, desde la subordinación, los imaginarios liberadores, plasmados en personajes y en hechos que han sido marginados por la historia oficial porque tratan reivindicaciones por la vida, la dignidad, la igualdad y la equidad.

La historia contrahegemónica nos ilustra sobre víctimas de la violencia colonial cuyas voces fueron acalladas por luchar contra la opresión y cuya existencia pública fue negada muchas veces. A lo largo de América Latina se van develando una serie de hombres y de mujeres que lucharon y ofrendaron sus vidas por sus pueblos y que fueron sacrificados individual y colectivamente, como el caso del genocidio en Guatemala.

La trágica historia de Guatemala se funda en miles de líderes, hombres y mujeres, que quedaron en el camino como seres anónimos, enterrados como XX en cementerios clandestinos o simplemente ignorados.

¿Cuándo, dónde y cómo haremos que la memoria histórica reivindique la vida de nuestros mártires, de nuestros personajes y dirigentes perseguidos, exiliados y, sobre todo, empobrecidos? Son más los verdaderos héroes populares que los pocos militares que, sin defender la patria, se llenan el pecho de pedazos de metal como símbolos de honor, que cubren su enajenación de la causa de los pueblos y reflejan su desprecio a la vida.

Un personaje que merecería un monumento es Ricardo Cajas Mejía, humilde persona, gran maestro y líder que hoy fue inhumado en el cementerio de Quetzaltenango. Él llevó consigo el orgullo de una vida de principios a los que nunca claudicó. Criticó el racismo, la injusticia y la ignorancia .¿Cuándo, dónde y cómo haremos que la memoria histórica reivindique la vida de nuestros mártires, de nuestros personajes y dirigentes perseguidos, exiliados y, sobre todo, empobrecidos?

Nació a inicios de la década de los 40 del siglo pasado en el barrio El Cenizal, en aquel tiempo un lugar considerado semirrural. De veinteañero, en 1963, comenzó a organizar a la juventud para hacerla consciente del colonialismo que por generaciones ha padecido nuestro pueblo. En 1970 fue testigo del inicio de la represión contra dirigentes indígenas, cooperativistas y comunitarios que, al igual que siempre, resistían y luchaban contra la cruel explotación y el desprecio de los que eran víctimas por el sistema colonial, dirigido por los representados en monumentos citadinos considerados patrimonio cultural a pesar del carácter incivilizado que demostraban con los indígenas.

Se graduó de maestro de educación urbana y empezó a impartir clases ad honorem en el cantón Chicuá de Quetzaltenango, para lo cual tenía que transitar desde su casa por un camino escabroso y empinado, paralelo a la salida de Almolonga. Impulsó con la comunidad la construcción de la escuela donde empezó a aplicar su vocación magisterial. Muchas veces se caía por lo dificultoso del camino y por un problema de la pierna que le impedía llevar un paso normal.

Se convirtió en un connotado líder magisterial a nivel nacional y se enfrentó, por los derechos del magisterio, a un militar nombrado ministro de Educación por Fernando Lucas García: el coronel Clementino Castillo Coronado. A consecuencia de su liderazgo, fue encarcelado en Quetzaltenango durante un tiempo.

 En 1972, en la casa de mi padre, Fermín Quemé Tucux, fundamos el comité cívico Xel-Ju, del cual Ricardo, Víctor Manuel Coyoy y Jorge Luis García de León, entre otros, eran los máximos dirigentes, quienes nos conducían y orientaban en la recuperación y dignificación de nuestra identidad.

En 1990, Ricardo se postuló a la alcaldía. Lamentablemente, no ganó. El lema que creamos para la campaña era «Estamos vivos», el cual resumía la lucha cuya viga maestra era Ricardo.

En 1995 y en 1999 fue síndico y concejal municipal. Orientó su quehacer con honestidad, responsabilidad y conciencia. Abandonó Xel-Ju por sus inquietudes políticas y se constituyó en fundador de un partido político que postuló a Rigoberta Menchú para la presidencia de la república.

Muchas cosas más nutrieron la vida de Ricardo Cajas Mejía, pero estas líneas no alcanzan para mencionarlas todas. De hecho, debería erigirse un monumento al legado, a la figura y al genio de Ricardo Cajas Mejía. ¡Que en paz descanse!

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